Me siento culpable...

El dato objetivo es que muchos padres nos sentimos culpables del poco tiempo que pasamos con nuestros hijos. El dato curioso es que en las tutorías, pocos padres reconocen este sentimiento y lo convierten en excusas frente al comportamiento frente a los niños, sobre todo de lunes a viernes.

Como maestra tengo la gran suerte de compartir el horario con mi hijo, e incluso las vacaciones. Pero la mayoría de los trabajos suponen un horario bastante más amplio y nuestros hijos acaban al cuidado de otras personas.  

Con la crisis, muchas familias optan por los santos abuelos. Santos, santos, santos... Que tanto nos ayudan a gestionar nuestras organizaciones familiares. 

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Socialmente, además, las madres suelen sentirse más culpables que los padres. Es una cuestión de rol social e histórico. Machista o no, la incorporación de la mujer al trabajo ha cambiado bastante las relaciones con los niños e incluso el comportamiento de éstos. No por la incorporación en sí, sino por la actitud que tenemos cuando llegamos a casa. 

Llegamos tarde a casa, cansados y nos encontramos con deberes que revisar, ropa que preparar, baños, cenas... No hay tiempo para jugar con ellos, mantener conversaciones, o simplemente abrazos largos que nos permitan relajarnos (a ellos y a nosotros). Por lo que entramos en un bucle de nervios y prisas que desembocan en discusiones mal llevadas. O, por el contrario:

Para el poco tiempo que paso con ellos, no voy a discutir.

 

 

Los niños tienen que aprender que esa es la vida de los padres. No puede faltar el cariño, el juego y la comprensión, por supuesto. Pero tampoco debe faltar nuestro rol de padres: el respeto, los límites, etc.  No es importante la cantidad de tiempo. Sí la calidad del mismo. Parece una utopía, pero no es así. Un padre o una madre puede pasar todo el tiempo en casa y no estar con sus hijos. Un padre o una madre puede pasar dos horas diarias en casa y aprovechar ese tiempo lo suficientemente bien como para ESTAR con sus hijos.

Aunque no lo creamos, los niños perciben perfectamente ese sentimiento de culpabilidad y lo convierten en lo que ellos quieren que seamos. Se convierten en anárquicos, pequeños dictadores y rebeldes. Y entramos en un círculo donde las noches se convierten en pequeños campos de batalla. Convertimos la culpabilidad en la justificación de cualquier acto de nuestros hijos, incluso en el colegio.

 

Ni tanto... Ni tan calvo... EQUILIBRIO.

Ni tanto... Ni tan calvo... EQUILIBRIO.

Unos padres tienen que ser padres, y los hijos tienen que ser hijos. Si nos salimos de ese rol, seguramente después aparezcan las lamentaciones. 

No sé qué hacer con mi hijo. 

Por supuesto, creo que todos debemos hacer el esfuerzo de no llegar a casa cuando nuestros hijos están acostados. Un día malo en el trabajo lo puede tener cualquiera, pero no se debe convertir en una rutina diaria. Nuestros hijos necesitan de nuestra presencia. 

Por lo tanto, busquemos el equilibrio entre el cariño y los límites con nuestros hijos. En cualquier situación, ya sea miércoles o un día del fin de semana, ya estemos cansados o no lo estemos. Es nuestra responsabilidad como padres: actuar como tales. No sintamos esa culpabilidad que repercute directamente sobre el comportamiento de los niños. Ocupemos el tiempo en cosas constructivas y no destructivas. Conciliemos la vida laboral y personal lo mejor que podamos.